sábado, 6 de agosto de 2011

APORTES DE LA ETNOGRAFÍA A LA CONSTRUCCIÓN DE UN PERFIL DEL INVESTIGADOR CUALITATIVO
Luis Domínguez
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Resumen:
En este trabajo reflexionamos sobre algunos aportes para la construcción de un perfil del investigador cualitativo. Partimos de la síntesis del artículo “Competencias para el trabajo de campo cualitativo: formando investigadores en Ciencias Sociales”, escrito en 2007 por Mª Mercedes Di Virgilio, Cecilia Fraga, Carolina Najmias, Alejandra Navarro, Carolina Perea y Gabriela Plotno en el marco de la Cátedra de Metodología de la Investigación Social de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
Tomamos de las autoras su preocupación por las competencias y cualidades a desarrollar y contemplar en un investigador cualitativo, ensayando una lectura del tema desde la Etnografía. Para hacerlo, recogemos aportes teóricos desde varios autores sugeridos en el curso de Metodología de la Investigación Educativa II, a los que sumamos otros entendidos como oportunos.
No pretende este trabajo un desarrollo exhaustivo, sino acercar algunas reflexiones y miradas que permitan discutir constructivamente sobre el perfil del investigador cualitativo.
Palabras clave: Investigador cualitativo, Etnografía, Totalidad, Reflexividad, Describir.
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Reseña y síntesis del artículo “Competencias para el trabajo de campo cualitativo: formando investigadores en Ciencias Sociales” (Di Virgilio y cols., Cátedra de Metodología de la Investigación Social. Facultad de Ciencias Sociales-UBA).
El artículo se inscribe en el marco de la práctica docente para la formación de investigadores sociales en la Cátedra de Metodología de la Investigación Social de la Facultad de Ciencias Sociales (Universidad de Buenos Aires), en el año 2007.
Sus autoras parten de un concepto de investigación compartido con Sautu, quien la define como un tipo de conocimiento que, en base a una teoría, construye evidencia empírica como resultado de un procedimiento riguroso. Destacan la teoría, los objetivos y la metodología como elementos clave que, interrelacionados, definen cualquier proceso de investigación social.
La perspectiva de la investigación adoptada es la cualitativa (ya anunciada en el título del artículo). Esta implica una aproximación naturalista e interpretativa a la realidad, así como la pluralidad de métodos y técnicas de recogida de datos, de fuentes y de materiales significativos.
En esa pluralidad de métodos aparece el etnográfico, “cuyo desarrollo implica un entrenamiento para recoger la información y una mirada abierta y flexible para su sistematicidad y análisis holístico: los datos son analizados como una totalidad y no como partes separadas.” (Di Virgilio y cols., 2007, p.92)
Las autoras se apoyan en diversos referentes teóricos (Denzin, Bernard, Atkinson, entre otros) para llamar la atención sobre las múltiples definiciones de lo etnográfico, las etnografías existentes y la tendencia a entender etnografía e investigación cualitativa como sinónimos. Hecho esto, definen a la etnografía como
un método que posibilita retratar una cultura o grupo social a partir de la reconstrucción de las actividades y perspectivas de los actores, así como verificar la comprensión de los fenómenos estudiados, en base a un diseño flexible y emergente que pueda modificarse en función del desarrollo de la investigación, considerando tanto hallazgos empíricos como aportes teóricos. Además, en este enfoque resultan fundamentales las ideas de reciprocidad y reactividad entre investigador e investigado (…) El carácter reflexivo de la investigación refiere a reconocer que somos parte del mundo social que estudiamos. (p.93)
Resulta esclarecedor, en el artículo, el apartado referido a las complejidades y desafíos del trabajo de campo del investigador cualitativo. Ese ser parte del mundo social que estudiamos, asumido por la investigación cualitativa como actividad científica, implica entender la definición y el acceso a los escenarios, el rol del investigador y la devolución de información a los sujetos de estudio como puntos clave del proceso de investigación, constantemente sometidos a revisión y negociaciones.
En el mismo apartado se hace referencia a la observación y la entrevista (semi-estructurada y sin estructurar) como técnicas destacadas de investigación cualitativa. Sobre la primera, destacamos la concepción subyacente de observación como contemplación de
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situaciones sociales (con especial cuidado de no incidir sobre ellas). En cuanto a la entrevista, se resalta la concepción de ésta como situación de interacción social en la que el investigador organiza (no dirige) la conversación. A partir de estas ideas, las autoras plantean una serie de recomendaciones básicas para la aplicación de ambas técnicas.
Ahora bien, el saber hacer que supone un buen trabajo de campo (entendido éste como una situación de interacción social) no se desarrolla únicamente con lecturas y análisis crítico de las investigaciones de otros. Para aprender a investigar, hay que investigar. Llegamos así al tema central del artículo: ¿qué competencias deben desarrollarse en los futuros investigadores sociales?
Las competencias se entienden como capacidades complejas que permiten al individuo saber actuar en determinados contextos y actividades (la investigación social cualitativa, en el caso que estamos analizando). Un investigador competente es aquel que puede poner en juego recursos (personales y externos, específicos de la situación a investigar y generales de la investigación como tarea) con el fin de alcanzar un nuevo conocimiento o de resolver un problema.
En el artículo que sirve como punto de partida para nuestro análisis, las autoras enuncian una serie de competencias que, como docentes de una cátedra de Metodología de la Investigación Social, se proponen desarrollar en los futuros investigadores. Estas competencias son agrupadas en función de tres situaciones o prácticas sociales de referencia, a saber:
I. “el planteo de problemas de investigación y la producción de conocimientos que contribuyan a mejorar su comprensión;
II. el diseño y la implementación de estrategias de investigación y de análisis de datos (…);
III. el trabajo de campo.” (Di Virgilio y cols., 2007, p.98)
Para cada uno de estos dominios se define un listado de competencias específicas (veintidós en total) que el lector encontrará de fácil lectura en el propio artículo. Están precedidas por seis competencias generales, relacionadas con el saber identificar y fundar un problema de investigación, identificar metodologías adecuadas al objeto, fundamentar las decisiones a lo largo del proceso, producir informes y valorar el trabajo colectivo en el marco más general de la generación de conocimiento (p.99)
Una vez expuesto teóricamente el asunto de las competencias necesarias en el futro investigador social, las autoras describen su experiencia docente en la Cátedra. En ella cabe diferenciar dos espacios: las clases teóricas (de desarrollo de contenidos programáticos desde las teorías sobre metodología de la investigación) y el Trabajo Práctico Aplicado (TPA) que los estudiantes desarrollan grupalmente en clases prácticas. Sobre esta última experiencia centran las reflexiones que presentan en los últimos tres apartados de su artículo. En el TPA, los docentes acompañan a los estudiantes en instancias de elaboración de instrumentos de recogida de datos, trabajo de campo propiamente dicho y puestas en común. Enfatizan la reflexión sobre las relaciones entre metodología y objetivos de la investigación, aplicando el modelo de análisis temático de Ruth Sautu, referente de las docentes a cargo de la Cátedra. Éstas comentan asimismo las principales dificultades de los futuros investigadores: selección de informantes, uso y comprensión de la función de pautas de entrevistas, establecimiento del rapport con los entrevistados.
Finalizando la publicación, las autoras describen dos proyectos de experiencias reflexivas: uno focalizado en el rol del investigador social en el trabajo de campo y otro centrado en el análisis de entrevistas desde el punto de vista metodológico.
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Pensando en el perfil del investigador cualitativo
Una vez realizada la lectura reflexiva del artículo que acabamos de sintetizar, nos enfrentamos a la tarea de seleccionar un aspecto sobre el cual focalizar la mirada y ensayar un análisis a la luz de referentes teóricos disponibles en el curso de Metodología de la Investigación Educativa II.
Teniendo en cuenta el momento de nuestra formación, consideramos sumamente oportuna la lectura del referido artículo y entendemos que reflexionar sobre las competencias y perfil del investigador social enriquece no sólo nuestro marco conceptual en la asignatura: también nos proporciona insumos para la crítica de la investigación cualitativa como actividad científica, de la formación de investigadores en nuestros propios ámbitos académicos, y aún para la autocrítica, llegado el momento de enfrentarnos a la realización de un trabajo de campo.
El trabajo de Di Virgilio y sus colaboradoras presenta más de un disparador para el análisis y la reflexión. De entre varios posibles, optamos por profundizar en los aportes que pueden encontrarse para la construcción del perfil del investigador social cualitativo desde la perspectiva etnográfica. Este recorte es aún demasiado amplio como para ser adecuadamente desarrollado en pocas páginas. Por este motivo, partiendo del concepto de Etnografía explicitado por las autoras (y citado en la síntesis precedente), nos propusimos rastrear en los autores sugeridos en el curso de Metodología de la Investigación Educativa II (y en diálogo con otros entendidos como pertinentes) líneas de análisis que permitan pensar en algunas cualidades del investigador. Enfrentados a una exhaustividad considerable, decidimos focalizarnos en algunas de ellas, que analizamos en los siguientes apartados.
Comprender el todo: una ilusión necesaria
La visión holística, contraria a la fragmentación y descontextualización de objetos de estudio y procesos, es una característica básica en el investigador cualitativo (Tòjar, 2006). La pretensión de aprehender la totalidad es definitoria de la Etnografía, tan rica en aportes a la investigación social en general y a la investigación educativa en particular. En este apartado nos dedicaremos a analizar de qué se trata esta pretensión, admitida como una especie de utopía necesaria.
La idea de realidad como todo diferente a la suma de partes no es nueva, y puede rastrearse en pluralidad de perspectivas de lo social. Desde la Antropología, se reconoce a Malinowski como precursor de la actitud holística, fundante en el estudio de una cultura presentada como un todo orgánico de instituciones interdependientes. En esta concepción, las nociones de contexto, estructura y sistema fortalecen la idea de que el investigador no puede acceder a la comprensión de un fenómeno social si no es integrándolo en un conjunto de relaciones con otros (Díaz de Rada y Velasco, 1997).
Al pensar la evaluación etnográfica de centros educativos, Santos (1993) llama la atención sobre la importancia del estudio del contexto. Entendemos que este llamado de atención es aplicable al investigador cualitativo en educación. Tener en cuenta el contexto implica considerar lo diacrónico (no puede comprenderse una situación presente sin acudir al pasado que la construyó) y lo sincrónico (los factores internos y externos que hacen a la realidad en estudio). El mencionado autor afirma que la parcelización y la
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descontextualización en el análisis de realidades complejas traen consigo la distorsión. “Una vez conocido el contexto, podemos realizar un enfoque progresivo, centrándonos en un aspecto determinado (…). Es el efecto „zoom‟ (…) aplicado al análisis de la realidad (…) Puede suceder que el zoom tenga sentido inverso” (Santos, 1993, pp. 48 y 49)
Dice Rockwell (2009): “se insiste en observar todo, aunque de hecho esto sea imposible. La tarea de observación etnográfica no procede de un momento en que se ve „todo‟ a otro en que se definen cosas específicas para observar, sino al revés” (p.54). La insistencia por el todo es, al decir de Velasco y Díaz de Rada (1997), extremadamente estimulante: refleja una búsqueda de saber insaciable, quizás con un residuo enciclopédico, pero en un proceso siempre inacabado de continuo descubrimiento de la totalidad. La perspectiva y la ambición de la totalidad mantienen al investigador inmune al peligro de creer que del conocimiento de alguna de las partes (o aún de la suma de ellas) deriva el conocimiento del todo; asimismo, le permite captar la heterogeneidad en la producción de la información y la necesaria complementariedad de técnicas (observación y entrevista, básicamente) en el trabajo de campo. Sobre esto último dicen los mencionados autores: “por medio de la heterogeneidad de accesos es posible aprehender la totalidad y objetivarla.” (p.34)
La idea de totalidad está directamente relacionada con la de indivisibilidad e interdependencia entre los diferentes ámbitos que, teóricamente, se pueden diferenciar en una realidad social (o educativa) dada. La omnipresencia no es posible, en la medida en que la mirada del investigador adolece de condicionamientos (teoría previa, acceso al campo y dentro de él a los informantes, intereses académicos y personales, etc.). Respecto a esta mirada, cabe también preguntarse desde dónde tiene más posibilidades de ser holística y unitaria: ¿desde fuera o desde dentro? La búsqueda de respuesta a esta pregunta sería probablemente tan interminable como insaciable la pretendida aprehensión de totalidad que, sostenemos, debe guiar al investigador cualitativo.
Reconocerse como subjetividad y aceptar la reflexividad: una condición de objetividad
Dice Tòjar (2006) al referirse a la obtención y producción de información en la investigación cualitativa:
los datos no se recolectan como los productos silvestres de la tierra. Los datos más que cosecharlos se cultivan y producen. La investigación ayuda a cultivar y a producir los datos que se obtienen a través del trabajo de la persona que la dirige y la colaboración de los participantes de la cultura estudiada. Es por esto que la primera técnica de obtención y producción de información (…) es la propia persona que investiga. (p.228)
A esto mismo apunta Rockwell (2009) cuando afirma que las maneras de trabajar necesariamente cobran sentido desde cada investigador.
En la investigación cualitativa, y más aún en la que recoge aportes de la Etnografía, el investigador se asume como sujeto con todas las consecuencias que esto tiene. Eliminada queda en esta perspectiva la pretensión de asepsia de corte positivista que desconoce al investigador como persona con creencias, emociones e intereses. El reconocimiento del investigador como sujeto con condicionamientos (sociales, políticos y de otros tipos) es, según
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Rosana Guber (2001), un aporte de la Etnometodología. De acuerdo con esta investigadora, la producción de conocimiento del investigador está condicionada por su posición en el ámbito académico y por su “epistemocentrismo”, es decir, por su postura intelectual frente a los fenómenos que estudia (el marco epistemológico de la investigación).
Reflexividad es el término con el que, originalmente, la Etnometodología designó la propiedad constitutiva del lenguaje: éste no sólo informa, sino que constituye la realidad. Esto, llevado a la investigación cualitativa como actividad científica que busca comprender la realidad, implica reconocer la relación entre la comprensión y la expresión de dicha comprensión. Considerado esto desde la Etnografía y sus aportes a la investigación, nos lleva a la afirmación de que los relatos de los investigadores no sólo describen las situaciones en estudio, sino que las producen. En este marco conceptual, el trabajo de campo es una situación de interacción social en la que el investigador necesariamente debe participar para aprehender las formas en que los sujetos de estudio producen e interpretan su realidad (Guber, 2001).
Rosana Guber (2001) destaca tres reflexividades en juego en el trabajo de campo: la del investigador como miembro de una sociedad y una cultura, la del investigador como tal (con su epistemocentrismo y su lugar en la academia) y la de los sujetos de estudio. Ahora bien, si es propia del enfoque etnográfico la comprensión desde el punto de vista de los sujetos de estudio, se impone la necesidad de un tránsito de reflexividades. Este tránsito conlleva una cuota de perplejidad en los interactuantes del campo (investigador e investigados); no es esta perplejidad un problema, el problema es no reconocerla y silenciarla al momento de desarrollar el proceso y luego exponer los resultados de la investigación (Guber, 2001).
La noción de reflexividad pone sobre el tapete el problema de la objetividad, cuestionamiento tradicional realizado a la Etnografía. La defensa ante este cuestionamiento puede fundarse en el hecho de que el propósito de la la investigación etnográfica (que entendemos puede ser compartido con la investigación cualitativa en educación)
no es tanto lograr “la objetividad” como asegurar una objetivación gráfica y escrita, lo más amplia posible, de la experiencia de campo del etnógrafo como sujeto (…) [la objetividad] es un logro tanto más sólido cuanto más haya podido el etnógrafo ser consciente de su propia subjetividad al redactar los registros y los diarios de campo (…) La reflexión sobre la propia subjetividad y sus implicaciones en lo que se construyó, observó y registró en el campo es (…) una condición necesaria para un buen análisis (Rockwell, 2009, pp. 63 y 64)
“Ethnos-grafía”: la difícil tarea de escribir sobre los ¿otros?
Al enunciar las competencias del investigador social, Di Virgilio y cols. (2007), mencionan la de “Producir con rigor argumentativo y metodológico textos académicos, así como comunicar articuladamente las propias ideas y discutir las de los demás.” (p.100) La etnografía se presenta como un discurso inteligible en el que subyacen la totalidad y la reflexividad. Para generar este discurso, son fundamentales los procesos de descripción, traducción, explicación e interpretación. Los mencionados procesos no deben entenderse como etapas en la producción de un texto (una etnografía lo es). En la práctica, describir, traducir,
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interpretar y explicar se implican mutuamente y son inseparables. (Velasco y Díaz de Rada, 1997).
El texto etnográfico es una organización argumental entre una pregunta o problema (situación a investigar), las evidencias construidas en torno a ella (datos) y la respuesta/interpretación/explicación elaborada gracias al trabajo del investigador, quien, reflexividad mediante, está llamado a revisar su posición en un texto construido dialógicamente, con presencia de varias voces, tanto en la práctica textual como en la representación escrita (Guber, 2001)
Velasco y Díaz de Rada (1997) realizan una exhaustiva e interesante reflexión sobre los procesos de describir, traducir, explicar e interpretar inherentes a la producción etnográfica. Nosotros los entendemos como procesos que el investigador cualitativo debe desarrollar reflexivamente y en relación con su visión holística y con la entrada al campo de su subjetividad.
Los autores consultados adhieren a la concepción de descripción densa elaborada por Geertz, referente de la Antropología. La descripción densa es, por tal, microscópica y detallista, sin caer por esto en el descuido de lo más general, ya que es también contextualizada. Esto último va de la mano con la ya mencionada ambición de totalidad: el horizonte (inalcanzable a sabiendas) es describirlo todo.
El describir implica captar detalles y dar cuenta de los significados construidos desde el punto de vista de los investigados. En este punto la descripción se vuelve interpretativa. Los límites entre describir e interpretar son difusos. Autores como Rockwell (2009) recomiendan un entrenamiento en los registros (diarios, por ejemplo), separando gráficamente lo que es la descripción más objetiva de lo que son las interpretaciones del investigador; una experiencia de trabajo de campo con la perspectiva etnográfica alcanza para conocer la dificultad que entraña esta separación cuando el objeto se estudia en una situación de interacción social (¿o no es acaso esta interacción el objeto de estudio o el tema de la etnografía como texto escrito?). Ahora bien, todo esto no debe hacer caer al investigador en “un relativismo que considere igualmente buenas todas las interpretaciones posibles. Algunas interpretaciones permiten construir una mejor descripción, más compleja y más profunda que otras.” (Rockwell, 2009, p.62)
De la descripción interpretativa tiende a emerger la explicación, finalidad que parece ser ineludible a todo conocimiento que pretenda considerarse científico. La perspectiva cualitativa en el estudio de lo social no admite la pretensión de leyes generales; el funcionalismo no es precisamente funcional (valga el juego de palabras) a la perspectiva etnográfica. No obstante, entendemos que sí cabe en el investigador cualitativo la pretensión de dar cuenta de las causas de un fenómeno, de descubrir su orden estructural, de vincular sus partes, de buscar relaciones apoyándose en analogías.
Hacer etnografía (escribir sobre el “ethnos”, es decir, los otros) y que ésta como texto sea inteligible y comunicable implica también una labor de traducción. Traducción en los términos propios de la disciplina en la que está formado el investigador y, lo que es más complejo, traducción de una cultura en términos de otra. Esto enfrenta al dilema de la verosimilitud de lo que se informa de un proceso de diálogo/intercambio/tránsito de lenguajes y reflexividades. Vuelve a aparecer aquí el problema de la objetividad. El texto etnográfico es una objetivación, que es una descripción interpretativa y también una traducción, y como tal, puede ser luego sometido a muchos y diversos análisis y lecturas. La apertura a la relectura de lo escrito y el carácter desafiantemente provisorio de los informes es una característica definitoria de la investigación cualitativa.
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A modo de reflexión final
Quizás la primera reflexión posible tiene que ver con expresar la sensación de incompletitud en nuestro abordaje. No obstante, esta sensación no es un sinsabor, en la medida en que da cuenta de la complejidad del tema y de la necesidad de una reflexión continua que es capaz de generar, ante cada palabra, ante cada autor leído, nuevas puntas para el análisis.
Como establecimos luego de sintetizar el artículo que sirvió de disparador de nuestro trabajo, nos propusimos acercar al lector insumos para reflexionar sobre algunas de las características que, desde el enfoque etnográfico, pueden considerarse para construir un perfil del investigador cualitativo. Intentamos abarcar, al menos a vuelo de pájaro, tres rasgos de ese perfil que entendemos como básicos.
En primer lugar, una ambición: la totalidad. El investigador cualitativo no recorta trozos de realidad para colocarlos en situación de laboratorio. Lo que hace es acercar una lupa, a sabiendas de que ésta no bastará para verlo todo a la vez. La pretensión de abarcar un todo complejo no es un delirio de omnipresencia, es un horizonte que impide la fragmentación y colabora en el carácter científico del conocimiento obtenido.
En segundo lugar, un reconocimiento: el de la propia subjetividad. Valoramos especialmente los aportes recibidos en nuestras lecturas sobre la reflexividad y la perplejidad del investigador en el campo. El investigador cualitativo no es neutral ni aséptico; es una subjetividad más entre las que construyen esa situación de interacción social que es el trabajo de campo. Como sujeto, el investigador está expuesto a pasar, al decir de Rockwell (2009) por muchos estados mentales: perplejidad, incertidumbre, persecución, fatiga, ensoñación, decepción, y un largo etcétera. Para admitirse como subjetividad, hay que despojarse de concepciones muy arraigadas sobre el saber científico que niegan al investigador como sujeto.
En tercer lugar: una tarea difícil: el escribir e informar sobre lo investigado. Resultaría una obviedad decir que el investigador cualitativo tiene que saber hacer un informe. La reflexión emprendida sobre la etnografía como texto nos lleva a cuestionar este saber hacer que no es una mera técnica, en la medida en que, como tarea, debe fundarse en y tener en cuenta la ambición de totalidad y el reconocimiento de subjetividad.
En definitiva, sabemos que el perfil del investigador cualitativo se construye en el campo: investigando es que se forma el investigador. La preparación teórica y el ejercicio metodológico son fundamentales, y para ellos está la formación en ámbitos académicos. Escapa a la academia una construcción del perfil del investigador cualitativo que se da en el compromiso: el compromiso con los otros investigados, el compromiso consigo como subjetividad, el compromiso con el uso del lenguaje y con los otros lectores, el compromiso con la ciencia y con la sociedad.
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Bibliografía
Di Virgilio, M., Fraga, C., Najmias, C., Navarro, A., Perea, C. y Plotno, G. (2007). Competencias para el trabajo de campo cualitativo: formando investigadores en Ciencias Sociales [Versión electrónica], Revista argentina de Sociología, 5 (9), 90-110.
Guber, R. (2001). La etnografía. Método, campo y reflexividad. Buenos Aires, Argentina: Norma.
Rockwell, E. (2009). La experiencia etnográfica. Historia y cultura en los procesos educativos. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Santos, M. (1993). Hacer visible lo cotidiano. Teoría y práctica de la evaluación cualitativa de los centros escolares. (2ª ed.). Madrid, España: Akal.
Tòjar, J. (2006). Investigación cualitativa. Comprender y actuar. Madrid, España: La Muralla.
Velasco, H. y Díaz de Rada, A. (1997). La lógica de la investigación etnográfica. Un modelo de trabajo para etnógrafos de la escuela. Madrid, España: Trotta.

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